miércoles, 11 de noviembre de 2009

La Solitude

Hoy perdí a un ser querido
se trataba de mi prometido.
Era amante de las bicicletas
y lo atropelló una camioneta
Pero vaya, qué ironía,
era yo quien conducía.
Es la primera vez que estoy en esta calle; nunca en mi vida la había visto. Es la primera vez que manejo, también. No recuerdo que alguien me haya enseñado a hacerlo y es evidente que no soy muy buena haciéndolo: el camino está lleno de baches que simplemente no puedo evadir.
Está muy oscuro. Los faros emiten una luz demasiado pobre para esta oscuridad. Me pregunto si a estas horas de la noche aún hay gente transitando por aquí. Espero que no, pues no sería capaz de ver a nadie atravesándose en mi camino.
No sé cómo llegué aquí. No recuerdo en qué momento me subí a la camioneta. Tengo vagos recuerdos de gente que me advertía que no lo hiciera, que no manejara, que no me subiera. No sé cuándo fue eso, la verdad. Creo que llevo bastante tiempo metida aquí. ¿Horas? ¿Días? No tengo la menor idea. Y tampoco entiendo ni sé por qué estoy sola en este viaje. Seguramente más de una persona hubiera querido venir conmigo... ¿no?
Tengo un poco de miedo, pero la incertidumbre de no saber a dónde voy ni lo que va a pasar me emociona. ¿Quién sabe? A lo mejor vivo una de esas aventuras de película. O choco...
Como que el camino ya se hizo muy largo. ¿Y si me detengo un rato? Pero está demasiado solo por aquí... ¿y si me asaltan? No, mejor le sigo. Al menos esta cosa tiene radio... veamos qué suena a estas horas. Vaya... es música bastante buena. Me siento mejor. Con la música ya no estoy tan sola. ¡Oye, ésa me la sé! Me recuerda a la secundaria. Qué tiempos aquéllos...
El tiempo sigue corriendo. Sigo sin saber a dónde voy. No me siento más experta en esta cosa de la manejada. Ya me decía mi papá que no era seguro manejar de noche... Porque una vez lo dijo, ¿verdad? Ya no lo recuerdo... ¿Qué me pasa? ¿Acaso estoy soñando? Pero si así fuera tendría que ser un sueño hiperrealista, porque este frío y esta soledad pegan demasiado fuerte.
Sigue la calle empedrada. ¡En qué pésimo estado se encuentra! ¿Qué nadie puede hacer algo por reparar esos baches? Y eso que se la pasan dizque arreglando las calles. Menudo problema...
I close both locks below the window
I close both blinds and turn away
Sometimes solutions aren't so simple
Sometimes good-bye's the only waaaay, ooooh!
And the suuuun will set for youuuuu
The suuuun will set for youuuuuu!
And the shaaa...
¡DIOS!
Freno de golpe.
Atropellé a alguien. Era un hombre. Iba en bicicleta. Virgen Santa... Atropellé a alguien... No, por favor, Dios, no... Pero lo vi... se cruzó en mi camino... Fue tan rápido... Lo lancé lejos... no lo veo delante de mí. Oh, Dios, no... Por favor, por favor, por favor...
Estoy temblando... Tengo náuseas... Ni siquiera puedo llorar... Sólo quiero abrir la portezuela y vomitar en el empedrado. Pero tengo que asegurarme... Tal vez ni siquiera había nadie allí. Tal vez lo imaginé. Ya es tarde y el sueño nos puede jugar bromas bastante pesadas. Eso. Tiene que ser. Lo imaginé... Tengo que bajar a ver.
Soy una cobarde. No quiero bajar. La música, indiferente y pareciéndome de pronto fríamente monótona, continúa su curso desde la radio de la camioneta. Me da escalofríos; se burla de mi cobardía y debilidad. Tengo que hacerlo... Tengo que demostrarle a la radio que puedo hacerlo.
Abro la portezuela y bajo de la camioneta. Hace muchísimo frío. Cierro la portezuela. Las piedras lastiman la planta de mis pies. El viento helado pronuncia cortes finos en mis mejillas expuestas. Parece que el camino es más ancho de lo que pensé... no veo más alrededor que oscuridad; mis patéticos faros son lo único que me da una referencia. No oigo nada. Dios santo, ¿dónde diablos estoy? Ni un grillo, ni un auto. Nada. ¿Habrá casas por aquí? Maldición, qué frío...
Vamos, camina. Dios bendito, por favor, Dios, Dios, Dios... El corazón se me quiere salir por la boca. Las sienes me palpitan y me nublan la pobre visión que ya tengo. Las piernas me flaquean. La ridícula luz de los faros... ¿es eso una rueda de bicicleta? No, Dios, no...
Por favor... no... Es una bicicleta, tirada a pocos metros delante de mi automóvil. No la quiero tocar. No lo haré, de hecho.
¿Y el ciclista?
Dios... por favor... tengo que estar teniendo una pesadilla...
Camino un poco más allá... La luz es pobre, ¿es eso un cuerpo tirado? Lo es. El estómago se me revuelve... ¿estará muerto? Tengo que comprobarlo. Por Dios... ¿por qué estoy sola en esto? Papá... ¿si te llamo vendrías por mí? Pero ni siquiera sé dónde estoy... Seguramente tú sí sabes; tú sabes todo lo que te pregunto y siempre vas por mí a donde esté, así esté hasta casa Judas. Pero mi celular... ¿dónde está? ¿Lo dejé en casa? Dios... no, no quiero tener que revisar yo a ese cuerpo. Papá... papá, por Dios, ¿por qué no vienes a ver tú? Oh, Dios... ya estoy llorando. Lloro como la imbécil que maneja de noche sin saber manejar del todo bien que soy.
Me inclino sobre el cuerpo. No escucho nada. Mis sollozos pueden estar amortiguando cualquier otro ruido... ¿no? Tengo que tocarlo... Maldita sea, no quiero... Pero tengo que hacerlo. ¡Sé valiente, maldición! Toda la vida has sido una estúpida y una cobarde... enfrenta tus propios problemas... ten las faldas...
¡Ya madura!
Sí, papá... lo haré... Ya soy grande... Ya te dije que sí he madurado. Lo haré. Te lo contaré cuando vuelva y te admirarás de mí. Me dirás que ya estoy convirtiéndome en una mujer adulta de verdad. Me pedirás, entonces, que quite los pósters de animación japonesa de mi cuarto. Eso, ya te dije, no lo voy a hacer. La madurez no tiene nada qué ver con esas cosas.
Me arrodillo en el camino empedrado. La lógica me dice que por aquí debe haber civilización, si no, ¿quién empedró el camino? No importa. Tengo que tocar ese cuerpo. Lo toco. Es un brazo, en un ángulo raro y creo que doloroso. Trae una prenda de mangas largas; creo que es una sudadera. El cuerpo no se mueve. No veo bien. No sé si respira. No sé tomar el pulso. No sé encontrarlo en la yugular. En las películas parece tan fácil, pero yo no voy a tocarle el cuello. ¿Qué hago, papá? ¿Qué hago, hermano?
"Tienes que verle el rostro, saber si está herido de gravedad, llevarlo en la camioneta a un lugar donde lo puedan atender. ¡Pero rápido! ¿Qué tal si se está muriendo? ¡Hazlo ya!"
¿Lo subo a la camioneta? ¡No puedo cargar un cuerpo así nada más!
"Nunca has cargado un cuerpo, ¿cómo sabes que no puedes? No seas ridícula y apúrate, que mucha gente ha muerto porque otros perdieron el tiempo."
Está bien, está bien... Toco la superficie de este cuerpo... Es delgado pero se siente fuerte. ¿Practica deporte este hombre? Quién sabe, qué importa. Ubico los hombros y, como puedo, lo alzo un poco por las axilas. Pesa... pesa... Me va a salir una hernia.
Lo arrastro de nalgas, no sin espantosa dificultad. Qué debilucha soy. Ya me decían que hiciera más ejercicio. Lo giro un poco para poder rodear la bicicleta. Le doy una leve patada porque me estorba en mi camino a la camioneta. A mitad del recorrido, tengo que darme un respiro. Dejo descansar el cuerpo sobre las piedras pequeñas y lisas.
Estiro la espalda un poco y me truena algo abajo de la nuca. Al volver la vista al cuerpo, la luz de los faros lo ilumina por completo con horrenda claridad.
Oh, Dios, no...
Esto tiene que ser una pesadilla.
Me dejo caer de rodillas junto a él, impactando contra las piedras con dolorosa violencia. No puedo gritar. No puedo llorar más. No puedo hacer más que abrir los ojos en una mueca de espantosa sorpresa.
Tomo su cabeza con mórbida delicadeza y ella se cuelga a placer como si el cuello estuviera hecho de vil trapo. Sus ojos en blanco se quedan viendo al vacío. El horror... me invade...
Está muerto.

martes, 23 de junio de 2009

La Mort

"La petite mort, también conocida como La pequeña muerte o Le petit mort en francés, hace referencia al período refractorio que ocurre después del orgasmo."


Hacía un clima adorable el día que lo maté. Fue una tarde de junio, lo recuerdo bien, como si hubiese sido ayer. El cielo estaba nublado y soplaba un viento fresco y húmedo de lluvia. Era uno de esos días de verano que a mí tanto me gustan.

Estábamos en el rincón más apartado del parque, donde nadie podía molestarnos o interrumpirnos. Tan sólo él y yo.

Me encontraba sobre él, abrazando su cintura con mis piernas. La hierba húmeda acariciaba su espalda de la misma manera fría y mojada con la que rozaba mis rodillas desnudas. Su respiración entrecortada era a penas audible. Su piel ardía con el calor de la euforia. Su rostro había enrojecido. Sus manos apretaban mis muñecas. Yo jadeaba.

Ése era el momento que yo tanto había esperado. Era el momento en que le hacía entrega a ese hombre de todo lo que bullía dentro de mí. Todo el sentimiento, la fuerza, el coraje... todo se lo estaba dando en ese instante.

Sus ojos cristalinos me miraron desorbitados, suplicantes. Quiso pronunciar mi nombre, pero no fue capaz de hacerlo. Una lágrima brotó de uno de esos alucinantes ojos y rodó lentamente hasta su oreja. Me mordí la lengua. En sus pupilas dilatadas vi una serie de imágenes borrosas que me provocaron un escalofrío. Vi mi propio reflejo.

Entonces supe que faltaba poco para el final. Dentro de unos segundos todo habría terminado. Todo ese deseo que había contenido durante tanto tiempo, toda esa determinación, todo lo que había dado de mi propio ser habría valido para tan sólo un par de segundos. Y fue cuando lo vi...

Vi su rostro desconfigurado por la angustia. Y vi al hombre que había amado. Vi en sus dientes apretados y en sus labios contorsionados la dulce boca que en tantas ocasiones me había colmado de idílicos besos. Vi en su frente sudorosa el objeto de mis más dulces y suaves caricias. Vi en su expresión enloquecida la cara de la ternura y la pasión. Y entonces sentí mi corazón partiéndose en mil pedazos. Dudé.

Pero miré de nuevo y vi en sus labios amoratados los besos de esa mujer. Vi su nombre grabado en la frente perlada de sudor de mi amado. Y vi en esa patética faz de súplica y arrepentimiento la máscara viva de la traición y la falsedad.

Y ya no dudé más.

Mis pulgares se hundieron cada vez más en su garganta. Mis brazos enteros descargaron la ira de todo aquel tiempo de remordimiento y continencia a través de esos dos dedos. Él se retorció bajo mi cuerpo. Sus manos intentaron quebrar mis muñecas, pero ya era demasiado tarde. La vida se le escapó en una última convulsión. Y su cuerpo quedó inerte bajo mis piernas.

Solté su cuello. Colgué la cabeza hacia atrás un momento y sentí las heladas gotas de lluvia resbalar por mi rostro encendido.

Suspiré profundamente y me tendí sobre la hierba, junto a su cadáver.

jueves, 4 de junio de 2009

Souvenirs

Cuando estoy sola, me pongo a pensar en ti. Es algo que no puedo controlar. Simplemente apareces en mi mente y ya no te puedo sacar de ahí. Visualizo tu imagen y me parece tan clara y real como si de verdad estuvieras ahí conmigo. Puedo ver cada uno de los detalles de tu cara, de tu ropa, de tu cabello. Veo perfectamente bien tus ojos, negros y brillantes, como oscuros guijarros sobresaliendo de la corriente de un riachuelo. Distingo tus labios entreabiertos, esos labios que incitan a los míos con su suave y fina textura, esbozando una débil sonrisa de manera casi imperceptible. También veo tu nariz, ésa contra la cual he frotado la mía y donde he depositado mis besos con tanta ternura. Puedo ver tu cabello negro y revoltoso, brillando como si despidiera un fulgor propio. Ahí estás, frente a mí.

Me gusta tanto verte en mis recuerdos. Me siento tan bien cuando apareces. Ya no estoy sola porque evoco tu presencia a mi lado. Y entonces una sensación rara e indescriptible se me clava justo en la boca del estómago. Luego exhalo un suspiro increíblemente prolongado, y aunque podría decir que resulta hasta doloroso suspirar de esa manera, no me desagrada si lo hago por ti. Entonces sonrío porque recuerdo lo mucho que te quiero.

Cuando por fin te veo en persona, me sonríes con amabilidad. Me acerco lentamente a ti y mis labios rozan los tuyos por un breve instante a modo de bienvenida. Tus brazos me rodean con calma y me liberan un par de segundos después. Quiero decirte cuánto te he extrañado, cuánto he pensado en ti, cuánto te quiero. Quiero decírtelo otra vez.

Entonces me miras con aire distante y, por una fracción de segundo, me pareces adorable. Tus labios comienzan a abrirse y el aire entra en tus pulmones. Quisiera ser ese aire. Dejas salir la frase.

- Hola.

Y te respondo.

- Hola.

Y algo dentro de mí protesta. “Hola". La ironía. Tanta sed y no beber más que un sorbo. Me tomas de la mano; caminamos en silencio. Y mientras deshojamos los minutos, las horas, los días, los meses, miro las copas de los árboles, formando una bóveda vegetal y translúcida sobre nosotros. Me aferro con fuerza a tu mano y seguimos caminando.