martes, 23 de junio de 2009

La Mort

"La petite mort, también conocida como La pequeña muerte o Le petit mort en francés, hace referencia al período refractorio que ocurre después del orgasmo."


Hacía un clima adorable el día que lo maté. Fue una tarde de junio, lo recuerdo bien, como si hubiese sido ayer. El cielo estaba nublado y soplaba un viento fresco y húmedo de lluvia. Era uno de esos días de verano que a mí tanto me gustan.

Estábamos en el rincón más apartado del parque, donde nadie podía molestarnos o interrumpirnos. Tan sólo él y yo.

Me encontraba sobre él, abrazando su cintura con mis piernas. La hierba húmeda acariciaba su espalda de la misma manera fría y mojada con la que rozaba mis rodillas desnudas. Su respiración entrecortada era a penas audible. Su piel ardía con el calor de la euforia. Su rostro había enrojecido. Sus manos apretaban mis muñecas. Yo jadeaba.

Ése era el momento que yo tanto había esperado. Era el momento en que le hacía entrega a ese hombre de todo lo que bullía dentro de mí. Todo el sentimiento, la fuerza, el coraje... todo se lo estaba dando en ese instante.

Sus ojos cristalinos me miraron desorbitados, suplicantes. Quiso pronunciar mi nombre, pero no fue capaz de hacerlo. Una lágrima brotó de uno de esos alucinantes ojos y rodó lentamente hasta su oreja. Me mordí la lengua. En sus pupilas dilatadas vi una serie de imágenes borrosas que me provocaron un escalofrío. Vi mi propio reflejo.

Entonces supe que faltaba poco para el final. Dentro de unos segundos todo habría terminado. Todo ese deseo que había contenido durante tanto tiempo, toda esa determinación, todo lo que había dado de mi propio ser habría valido para tan sólo un par de segundos. Y fue cuando lo vi...

Vi su rostro desconfigurado por la angustia. Y vi al hombre que había amado. Vi en sus dientes apretados y en sus labios contorsionados la dulce boca que en tantas ocasiones me había colmado de idílicos besos. Vi en su frente sudorosa el objeto de mis más dulces y suaves caricias. Vi en su expresión enloquecida la cara de la ternura y la pasión. Y entonces sentí mi corazón partiéndose en mil pedazos. Dudé.

Pero miré de nuevo y vi en sus labios amoratados los besos de esa mujer. Vi su nombre grabado en la frente perlada de sudor de mi amado. Y vi en esa patética faz de súplica y arrepentimiento la máscara viva de la traición y la falsedad.

Y ya no dudé más.

Mis pulgares se hundieron cada vez más en su garganta. Mis brazos enteros descargaron la ira de todo aquel tiempo de remordimiento y continencia a través de esos dos dedos. Él se retorció bajo mi cuerpo. Sus manos intentaron quebrar mis muñecas, pero ya era demasiado tarde. La vida se le escapó en una última convulsión. Y su cuerpo quedó inerte bajo mis piernas.

Solté su cuello. Colgué la cabeza hacia atrás un momento y sentí las heladas gotas de lluvia resbalar por mi rostro encendido.

Suspiré profundamente y me tendí sobre la hierba, junto a su cadáver.

jueves, 4 de junio de 2009

Souvenirs

Cuando estoy sola, me pongo a pensar en ti. Es algo que no puedo controlar. Simplemente apareces en mi mente y ya no te puedo sacar de ahí. Visualizo tu imagen y me parece tan clara y real como si de verdad estuvieras ahí conmigo. Puedo ver cada uno de los detalles de tu cara, de tu ropa, de tu cabello. Veo perfectamente bien tus ojos, negros y brillantes, como oscuros guijarros sobresaliendo de la corriente de un riachuelo. Distingo tus labios entreabiertos, esos labios que incitan a los míos con su suave y fina textura, esbozando una débil sonrisa de manera casi imperceptible. También veo tu nariz, ésa contra la cual he frotado la mía y donde he depositado mis besos con tanta ternura. Puedo ver tu cabello negro y revoltoso, brillando como si despidiera un fulgor propio. Ahí estás, frente a mí.

Me gusta tanto verte en mis recuerdos. Me siento tan bien cuando apareces. Ya no estoy sola porque evoco tu presencia a mi lado. Y entonces una sensación rara e indescriptible se me clava justo en la boca del estómago. Luego exhalo un suspiro increíblemente prolongado, y aunque podría decir que resulta hasta doloroso suspirar de esa manera, no me desagrada si lo hago por ti. Entonces sonrío porque recuerdo lo mucho que te quiero.

Cuando por fin te veo en persona, me sonríes con amabilidad. Me acerco lentamente a ti y mis labios rozan los tuyos por un breve instante a modo de bienvenida. Tus brazos me rodean con calma y me liberan un par de segundos después. Quiero decirte cuánto te he extrañado, cuánto he pensado en ti, cuánto te quiero. Quiero decírtelo otra vez.

Entonces me miras con aire distante y, por una fracción de segundo, me pareces adorable. Tus labios comienzan a abrirse y el aire entra en tus pulmones. Quisiera ser ese aire. Dejas salir la frase.

- Hola.

Y te respondo.

- Hola.

Y algo dentro de mí protesta. “Hola". La ironía. Tanta sed y no beber más que un sorbo. Me tomas de la mano; caminamos en silencio. Y mientras deshojamos los minutos, las horas, los días, los meses, miro las copas de los árboles, formando una bóveda vegetal y translúcida sobre nosotros. Me aferro con fuerza a tu mano y seguimos caminando.